Belleza colateral: un Boleto para viajar

La televisión muestra su cara más aburrida día tras día. El zapping se detiene en la cara familiar de will smith, el viejo príncipe del rap… Es una película que parece estar promediando, así que me quedo mirándola sin ver, distraído, como frente a un paisaje de fondo, un ruido blanco que tapa el silencio. Llega el final. Una mujer sentada en la sala de espera de un hospital, desconsolada, mira al piso. Otra mujer, una desconocida, se sienta a su lado; le pregunta a quién está perdiendo. “A mi hija”, contesta ella con dolor, sorprendida y confusa.

“Solo asegúrate de prestar atención… a la belleza colateral.”

-le dice la desconocida, y se va.

“Collateral beauty”

Belleza colateral es el nombre de la película, y es el mensaje también. El guión es inverosímil, ¡pero qué puede ser más inverosímil que estos meses de aislamiento!? Además, lo profundo a veces puede acercarse peligrosamente a lo banal y, entre las cotidianas decepciones, surge más evidente la brisa colateral de esa belleza inesperada: es un olor a molle entre los dedos, o un garabato con fecha de hoy en tu agenda, o es ese abrazo que recuerdas desde siempre, caminando bajo una lluvia fría…

Nieve en El Calafate – Patagonia.

“Solo asegúrate de prestar atención… a la belleza colateral”.

¿Es una simpleza esta forma de pensar…? No podría negarlo. Pero hay personas, no alejadas del sano escepticismo, queridas y bien pensantes, que eligieron repetir “ingenuamente”: qué maravilla la maravilla, no hay balanza que pese la maravilla (benedetti / serrat).

Me digo entonces que, si no soy capaz de entrever este sentimiento primario de belleza accesoria, de maravilla, ¿para qué tener abierto este negocio de intercambio de palabras esta feria de maravillas? No. Mejor mantenerlo y cuidarlo, es mi boleto para atravesar la tormenta, es mi “Ticket to ride”.

Con o sin nosotros

Lo que no puede comprobarse requiere un acto de fe. Como creer que, con o sin nosotros, la maravilla del universo resulta inobjetable.
¿Es que somos la conciencia del instante? ¿el cosmos percibiéndose a sí mismo?
Entonces, como única respuesta posible… me rasco el ombligo.

Fue Spinoza quien teorizaba que el ser humano es una forma en la que Dios se percibe a sí mismo. Carl sagan lo ajustaba, diciendo: somos la forma en la que el universo se conoce a sí mismo.
“Creo en el dios de spinoza” decía einstein para explicar su posición. Tal vez para indefinirla frente a los buscadores de verdades eternas.

Pasan los siglos y seguimos creyéndonos el centro del universo, el ombligo del mundo. Pero bajemos… ya bajemos a tierra: La dueña de casa mensajea para pedirme el pago del alquiler. Dudo sobre qué responderle. Es evidente que no podré pagarle normalmente. Para cualquiera es evidente, menos para un acreedor…
Pido una prórroga, un tiempo hasta la nueva realidad neopandémica de otro día igual al anterior. Esta vez recibo un comprensivo ok, que agradezco sinceramente, ya que algunos negocios están siendo ablandados por la pandemia; otros definitivamente destruidos. Nunca es bueno cuando se rompe una cadena de pagos. Todos estamos interconectados, así en la salud como en la economía, en la brisa como en el tsunami

Ignoro -soy un buen ignorante- de qué manera el universo podría hoy conocerse a través de mí, al final de este día igual al anterior, para un porvenir preocupante que no se parecerá en nada al ayer. Oh! I beliebe in yesterday… y aunque los problemas no parecen haberse alejado, creo que, con o sin nosotros, la maravilla creativa y destructiva del universo seguirá siendo inobjetable.

Lluvia sobre el pavimento, anoche, desde mi ventana.

El mundo en casa

Despierto con la luz del sol ya traspasando las cortinas. Adormecido todavía, estoy haciendo pan. Amo hacer pan. Cada día es un pan distinto. Pocas veces mido los ingredientes, pocas veces repito los tiempos y contenidos: creo pan, amo hacer el pan. Uso lo que tengo a mano, es un instinto de superviviente, bread survivor.
No hay nadie por las calles.

No hace falta mirar por la ventana: el silencio te deja a solas con el río que corre a tres cuadras, con el viento que nunca se escuchaba aquí y pájaros que no sabías que cantaban por esta zona.

“Quedate en casa”, está pintado en las paredes del mundo, brilla en las pantallas del mundo: el mundo entero está en casa, aunque millones y millones no tienen casa ni trabajo. ¿Son 20, 30, 40 días de aislamiento?

Con cuidado, distribuyo bien la harina en un tupperware viejo, herencia de mi madre. Es el juego de la infancia, hacer un hueco en el centro formar con harina integral una costa color arena, acercar un pequeño mar de agua salada, algo de azúcar para un día nuboso, algo menos dulce para días de sol…

Son días de sonidos lejanos que llegan en silencio. Sonidos que hace tiempo no se escuchaban en estas calles. Por la tarde, por ejemplo, con un fondo de viento suave, se escucha el arrullar de palomas. Están claramente desorientadas. Hay poca basura en las calles del mercado de El Molino, y pocos granos caen al pavimento. Se congregan al sol en una vereda y esperan, quietas, por nadie. Luego vuelan hasta sus cornisas y vuelven a esperar. Ellas no saben lo que esperan. Ni nosotros

25 años de aerostáticos

Los últimos años hice de los traslados un deporte: trasladándome de casa de país de tiempo de trabajos. No me ha sido fácil, pero los hijos te acompañan, y aún sufriendo el juego y a pesar de las trabas burocráticas a las que nos condenan las fronteras, ellos te guian: escuchando lo que producen sus frescas cabecitas la vida puede ser más llevadera. Así que te movés, en el exilio tan temido, liviano como un globo y al arbitrio de la lluvia…

Pero los libros, los papeles, el peso vivo de nuestra biblioteca suele ser imposible de mover. Y no tenerla a mano es vivir en país extranjero. Más la incertidumbre de no saber si aún existe, o si la inquisición ya se encargó de ella.

Por eso me alegré mucho ayer cuando al abrir una caja rescatada del olvido encontré 1 ejemplar (uno) de un libro que publiqué en 1994, hace ya… ¡25 años! Probablemente sea el único ejemplar de esta edición ya ex-tinta. Es el producto de unir tres libros que venía escribiendo y reescribiendo desde hacía años, con los que formé entonces una selección. Fue muy cómodo poder pasarle a los amigos un librito, en lugar de hojas sueltas, manuscritos u otras yerbas al uso. No eran los maravillosos tiempos de redes virtuales. Eran otros maravillosos tiempos.

Casi ni recordaba ya estos poemas, pero saltando por las páginas, hasta con nostalgia, me digo que si algo rescato de este libro es que fue coherente con su propósito: marcar diferentes búsquedas. Puedo ver los inicios de otros caminos que tomaron mis poemas… y puedo ver alguna exageración, alguna incongruencia, claro, alguna inocencia también… ¿Podrían merecer una reedición?

La metáfora de un aerostato resultó válida también: ir por ahí sabiendo que tal vez podrás manejar una parte de tu vida, pero la otra parte es propia de los vientos, del clima de época, y el aeronauta saca de esa resignación su fortaleza. La metáfora tiene un sabor huidobro, es innegable, pero en los poemas conviven además (aparte de los autores que nombro específicamente) un padeletti, un juan gonzales, un nicotra, paz, girondo… un perlongher… la lista de voces que me resuenan es grande, y aún estoy evitando los onetti los cortázar los camus… los vivaldi los hodgson los silvio los castilla.

Hablo de influencias: el arte que hemos vivido tiene una presencia tan certera como real. Esos autores te hablaron desde el grito el color la forma el canto desde el silencio… Y los que conociste personalmente, y que además te pusieron el hombro, te influenciaron sin duda en el carácter, en el estilo, y ya son parte de tu misma madera (pienso en mi caso en andruetto, alvarado, cifre. En boccanera, en echazú, barriga, corbalán… campero, requeni, ramos signes…).

“yo solicito de mi verso que no me contradiga
y es bastante”
(borges lo escribió así, si mal no recuerdo).

Fue mi lema interior desde un inicio. Un norte. Al que luego sumé:

“not for ambition or bread”
(thomas)


Subo hoy tres poemas de este libro y su prólogo, en el siguiente enlace. Luego completaré con algunos más, cuando lo transcriba, ya que no tengo una versión digital. Agrego una “Coda” en 2019.

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La meta ¿es ese éxito que te venden?

Suele decirse que la creatividad, un talento especial, la constancia, o cualquier característica “no tan común” en las personas (al menos no en cantidades extremas) son las que te llevan al éxito si las trabajás en proporciones adecuadas.
Instalaron además en tu tierna cabecita negra que el éxito se parece a viajar por el mundo con tarjetas de crédito gold y recursos ilimitados, manejar autos deportivos junto a parejas glamorosas y siempre dispuestas a tu capricho, comer exóticos carísimos e inútiles platos gourmet en hoteles exclusivos y playas privadas, y sobre todo, no tener ninguna  responsabilidad para con nadie, más que para con tu deseo del momento… ¿Qué es eso de andar pensando en løs demás, poniéndose en los incómodos zapatos de otrø?

Hiperconsumismo es la palabra del momento, el que te lleva a vivir colgado de tus deudas y esclavo de tus caprichos. Cuando te dicen permanentemente en los medios que debés “salir de tu zona de confort”, te están diciendo solapadamente, subliminalmente, que tenés que tener algo que… no tenés ahora. Por eso aunque te esfuerces no vas a conseguir ese éxito que te venden, pero determinan que lo asumirás como de tu exclusiva responsabilidad: porque “sos el artífice de tu destino”. Y esta es la mejor manera de ocultar una mentira: bajo una obviedad de este tipo, obviedad con matices, porque hay muchas cosas que por más artífice que seas no lograrás sin las oportunidades necesarias, y por lo general escasas.
Porque no es totalmente falso, ya que sí es tu responsabilidad intentar lograr lo que creas que debes lograr, pero la meta no es ese éxito que te venden. Y ese es el error, y el gran engaño: te venden una realización casi imposible y te imponen la culpa de no lograrla. Resultado, te anulan en una búsqueda inútil o en una decepción que no deberías asumir.

Se me ocurre un sencillo ejercicio: imaginar que este es mi último minuto de vida: ¿qué me gustaría estar haciendo, dónde y entre quiénes? Es hacia ese fin al que debo dedicar mis días. Pero esto no es un libro de autoayuda (Dios me libre!). Es una idea, una guía personal, un gesto amistoso.

“I’ve had 18 straight whiskies”

Cuenta la leyenda urbana que esa noche de 1953, Dylan Thomas, el poeta galés, antes de perder la conciencia en el hospital St. Vincent de Nueva York, alardeó casi inocentemente sus últimas palabras: Tomé 18 whiskies seguidos; creo que es el récord.

Nunca volvió a recuperar la conciencia, y murió pocos días después. Tenía treintainueve años.

Yo lo imagino desde esas fotos en blanco y negro, o desde su propia voz húmeda de cerveza y de la niebla de Swansea, cantando sus poemas con esa cara de chico asombrado rage rage against the dying of the light… Siempre me conmueve.

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foto: dylanthomasnews.com/2017/08/01

No sabremos si Dylan tomó esos 18 whiskies, nisiquiera si lo dijo realmente: es incomprobable, además de poco probable. Pero la frase me sugiere un cierre perfecto para una historia, para una película, hasta para una vida (como es el caso), un gesto extremo de rebeldía ante el final inminente. No puedo evitar acordarme de la mano con el “pulgar arriba” del Terminator T-800 mientras se hundía en el metal líquido (Terminator 2/El día del Juicio).

T 800

Leyendas, debates y distopías cinematográficas aparte, había pensado llamarle «18 straight whiskies» a este blog, aunque ese nombre seguramente, valga la redundancia, ya estaba tomado.

“Un buen récord” también me parecía un nombre sugerente para explicar el hecho de publicar los libros que he procrastinado durante tanto tiempo.

Cambiar.org

¿Cambiar el mundo? ¿Cuál, y cómo? ¿El mundo de los afiches de turismo: 12 pagos, 2 semanas, cenas incluidas? Ese mundo inalcanzable para mí, aunque mayormente inútil… ¿Puede cambiarlo la poesía? Definitivamente no.

¿O el mundo de las noticias, la web, las “redes sociales”? ¿Y si es certera la visión de Humberto Eco (publicado en “La Stampa”)?:

«Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad.»

¿Ampliaremos esa legión de la que hablaba Eco?

Mejor ni pensarlo. Porque aquí cerca, el mundo es la vereda tucumana por la que camino todos los días, es la avenida en Tarija, la chica del drugstore con su buen o mal humor, la señora del mercado, el chico que vende caramelos, los perros callejeros y hasta el teclado desde el que escribo estas palabras.

Y si este es mi mundo, como tal, puedo cambiarlo: desde un acto compasivo, un gesto amable, una sonrisa. Y en actos creativos que nos inviten a comprender el mundo, las ideas, las personas.

Es muy poco, pero ¿tal vez sea la única forma de comenzar? Hoy me siento, cómo decirlo, tan… ¿inocente?